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El díA De La SueGrA

El letrero que indica la ruta de la COMBI dice Callao - Callao, sin embargo, viene de San Juan de Lurigancho y va hacia Comas. La temperatura dentro de este transporte es siempre cálida, y no porque posea un moderno sistema de calefacción, sino que el calor y hedor humano que se respira dentro es insoportable. Me siento como un pedazo de jabón dentro de un tacho de basura de un restaurante al paso. Yo voy sentado en la esquina izquierda del asiento trasero pegado a la ventana malograda que no pude abrir, es decir, AL FONDO HUBO SITIO, delante mío, en un asiento para dos personas viajan cuatro: dos jóvenes madres, (LAURA) la que va al lado de la ventana carga en sus brazos a un niño muy inquieto que no llegaba al año de edad, (PATTY) su compañera lleva en sus piernas a una niña de unos siete años más o menos. La del niño movedizo le estaba contando a su amiga el peor día de la madre de su vida, su suegra fue de visita.

Ver el sol en mayo no sería raro si no fuera porque el día anterior estuvo nublado. Pero así fue, el impresionante astro luminoso apareció en todo su esplendor ese segundo domingo de mayo, como ofreciendo un caluroso abrazo a todas las madres limeñas por su día. Nada, pero nada, hacía presagiar a Laura que su primer DÍA DE LA MADRE lo recordaría casi ingratamente por culpa de otra agasajada. Aunque la mañana empezó llena de sorpresas agradables, su esposo se levantó antes que ella, saco al bebé de la cuna y se sentó a un lado de la cama donde Laura todavía dormía. Con una voz suave, pero no melodiosa, comenzó a cantar un vals criollo conmemorativo para este día, de pronto, el niño inició un llanto desconsolado que despertó a la madre (no sabemos si el llanto  fue porque vio a su mamá o por los aterradores cánticos del padre, y eso que cantaba “suavemente”)

Laura se sentó en la cama, el esposo la saludó con un cariñoso beso en la mejilla a la madre por su día, le entregó al bebé y luego, sacó del viejo y apolillado ropero un regalo pésimamente envuelto y cuyo papel tenía ilustraciones de Papá Noel, trineos y árboles de navidad. Sin embargo, eso no le importó a Laura (ni tenía por qué), es más, tanta fue la sorpresa que derramó unas escasas lágrimas por tamaño detalle, del que su esposo no era recurrente.

No fue hasta el final de ese día que Laura se percató de las razones de tanta delicadeza. Después de tomar un sustancioso desayuno que consistió en inmensos tamales de pollo de la ‘Tía Pocha’, el respectivo cafecito y de los que fueron unos “calientitos” panes franceses comprados demasiado temprano, parecía que iba a ser el día más feliz de Laura desde que empezó a vivir con su (reciente, porque tenían dos meses de casados) esposo, con el que convive desde que se enteró que esperaba un hijo de él, hace más o menos año y medio, con la infaltable desaprobación de la madre de su cónyuge. Pues bien, he ahí la razón de tanto agasajo y cariñosos detalles.

Una visitante inesperada llegaría a la casa para el almuerzo, la madre de su esposo, o como Laura le decía: ‘La O-diosa’, (porque estaba en todos lados, sabía todo, es decir, todos los problemas que tenía con su marido y encima era perfecta, porque Laura hacía todo mal y ella todo bien).Si bien es cierto, era inesperada por Laura, tenía el cómplice consentimiento del esposo, consentimiento que en realidad, no hacía falta, porque la ‘O-diosa’ llegaba cuando quería, a la hora que quería y por la razón que solo a ella le importaba, “o sea, ninguna”, según Laura. Entonces, al mediodía terminó el Día de la Madre para la debutante mamá, y comenzó el “día de la suegra para la vieja”.

Laura no tenía a dónde ir, porque toda su familia estaba en provincia, en su Piura natal, así que se acabaron los detalles amorosos con ella para que el reinado de los mimos y las atenciones pasaran ahora a la suegra. Primera tarea:

-         “Cocinarle algo rico para la madre que lo parió a mi querido esposo… ¡Ah, pero eso sí!, sin descuidar al bebe que, no podía ser de otra manera, berreaba desconsoladamente cuando su querida abuela lo cargaba”, dijo sarcásticamente Laura. 

La combi parecía nunca avanzar, se detenía en cada esquina o a media cuadra para subir gente y cuando llegaba a un semáforo se paraba hasta que éste cambiaba a rojo y entonces, ponía el freno, el cobrador se bajaba del carro y empezaba a llamar a más gente (a estas alturas, ya estoy siendo muy condescendiente al llamarle “gente”), a pesar de que el diminuto transporte ya estaba casi lleno la "gente" seguía subiendo.

El esposo iba y venía de la bodega cada diez minutos, atendiendo las necesidades (o caprichos, a estas alturas es imposible no ponerse del lado de Laura) de su madre. Laura en la cocina se compadecía de su mala suerte:

-         “De tantas madres buenas que hay en el mundo, a mí me viene a tocar la más ‘suegra’ de todas”

Y para colmo de males, Laura tenía que preparar la comida favorita de la ‘O-diosa’ (u odiada), un Rocoto relleno y su Ocopa de entrada, por supuesto (encima era arequipeña la vieja, eso explica muchas cosas).Cuando Laura ya casi terminaba de preparar el almuerzo, y se apuraba en alistar la leche de su hijo, su suegra entró a la cocina dándole un mensaje:

-         “Te acaba de llamar por teléfono tu mamacita, le dije que no podías contestar ahorita porque estabas ocupada con el bebe. Dice que te va a llamar en la noche”. Le dijo la suegrita. 

-         “¿Con el bebe? ¿Y por qué no le dijiste que estaba ocupada cocinando para ti, vieja de mierda?”, pensó Laura con unas ganas irresistibles de decirlo en voz alta.

Cuando su esposo regresó de la quinta ida a la bodega, entró a la cocina y encontró a Laura renegando sola entre susurros y le dijo:

-         “¡Uy! Mejor me quito porque ya estás ‘haciendo hígado’ por las puras”. 

-         “Vete con tu mamita, huevón, porque sino te voy a tirar este cuchillo y ya no vas a poder tener más hijos…”  Volvió a susurrar Laura.

Después del almuerzo, que por supuesto, la suegra criticó, ésta y su hijo se  sentaron en la sala a ver la televisión, de la cual Laura era dueña, los programas que les gustaban. Sin otra caja boba en la casa, a Laura no le quedó otra que irse con el bebé a su cuarto. Cuando el pequeño se quedó dormido, Laura pudo por fin tener un descanso de haber estado toda la tarde en la cocina (para que al final igual le digan que estaba fea su comida y que ni siquiera le den las gracias) y se echó en su cama donde inmediatamente se desvaneció en un profundo sueño.

A las dos horas se despertó por el llanto del bebé. Como su esposo no fue a verlo pensó que no estaba en la casa y que se había ido a acompañar a su suegra al paradero. ¡Por fin! Exclamó para sí misma, pero cuando salió del dormitorio cargando al infante se encontró con la ingrata sorpresa de que la ‘O-diosa’ seguía allí. Y no solo eso, sino que además, su esposo había comprado una pequeña torta que comía gustosamente con su madre.

Él no le ofreció ni asiento ni la torta a Laura. La sufrida y novata madre paseó en sus brazos al bebé hasta que dejó de llorar. Lo puso nuevamente en la cuna, y cuando se disponía a sentarse al comedor e invitarse ella misma un pedazo del exquisito dulce del que además “es fanática”, su suegra le decía a su hijo que le pusiera lo que sobró de la torta en un taper para llevársela a su casa, sin ofrecerle nada a su nuera. Su esposo se apuró en traer el recipiente.

Laura quería gritar y no podía, toda esa furia contenida la iba a descargar con su esposo una vez que su suegra dejara la casa, pensó. Este fue uno de esos “inolvidables” Día de la Madre, pero no por especial y alegre, sino, por desastroso e infeliz. La suegra fue al cuarto a despedirse del pequeño de la casa. El bebé lloró, y cuando Laura estaba yendo al cuarto para cargarlo de nuevo por culpa de la vieja, ésta le pidió que sostenga el taper con el pastel sobrante, ya que ella le dijo socarronamente que tenía las manos ocupadas por los “dos regalos grandes en tamaño y en cariño” que había recibido de su "hijito".

Su esposo fue al dormitorio y trajo al bebé. Esta vez, todos iban a acompañar a la “querida” suegra al paradero. Su esposo salió con el niño en brazos junto a la vieja. Laura, llena de furia por todo el día horrible que pasó, estaba detrás de ellos sosteniendo el taper con las dos manos. Luego, todo ese maldito día recorrió su mente, y en un impulso inesperado, como un acto de reflejo y justicia, alzó los brazos con el recipiente en las manos y con un enojo acumulado y reprimido lanzó el taper al piso de la casa. Como el depósito era de plástico no se rompió ni se quebró, sin embargo, la tapa se salió dejando caer el dulce pastel que quedó desparramado por todo el suelo.

La suegra y su hijo voltearon al escuchar ese estrepitoso ruido. La vieja al darse cuenta que la torta parecía ser un adorno sobresalido del piso, abrió los ojos que se le habían puesto de color rojo por la rabia, se reprimió de no hacer un escándalo (porque además era una de esas viejas de callejón que se creen pitucas, según palabras textuales de Laura) dio media vuelta y le dijo a su hijo: “déjale el niño a tu mujer”, en tono despectivo. Pero esto no afectó en lo más mínimo a Laura, porque la venganza ya estaba consumada.

La joven mamá vio partir a su esposo y suegra por la puerta de la casa, y pensó que ahora sí recordará con gusto su primer Día de la Madre. Recordándonos de paso a todos también que: EL QUE RIE ÚLTIMO RIE MEJOR.

Ya muchas personas habían bajado del transporte y después de estar dos cuadras sin conversar nada, Laura y su amiga bajan también de la combi, y sube otra señora, ya no joven, con una niña de unos dos años y ocupa el sitio de las noveles mamás. El carro avanzó una cuadra, cuando de repente, la nueva madre acuesta a la bebé en el asiento que había dejado vacío la compañera de Laura, le quita el short que tenía puesto, y de pronto se siente un olor a niño descompuesto. La nueva madre le estaba cambiando los pañales cagados a su hija dentro de la combi.

 

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